A la Gloria la queremos tanto. Hay quienes dicen nunca haberla visto, aunque sea ubicua: es cosmopolita y multilingüe. Habita todos los estilos musicales, los cereales y los alcoholes destilados, la fruta fresca, el perfume del cuello de las mujeres por la mañana, el sabor de los chipotles adobados. Las religiones del mundo la cultivan sin jamás alcanzarla, porque su existencia depende de las promesas no cumplidas y las plegarias no atendidas. Hay que caminar un medio día de invierno en que la niebla se haya disipado y el cielo sea azul y se vean volar los cometas rojos de los libros para saber que misteriosos son sus caminos, pero no imposibles. No soporta los monumentos ni los homenajes, detesta las instituciones y los premios, aborrece con todo su ser que le hablen en tercera persona y que escriban terribles ensayos estudiantiles y pestilentes y soporíficas ponencias académicas en su nombre. Es grande, incluso amorfa, porque su cuerpo cambia siempre, sube y baja de peso dependiendo del estado del tiempo y de la condición del horizonte. Cuando llama lo hace brevemente, y siempre nos quedamos colgados, queriéndole decir algo, cuando ya se ha ido, sin decir adiós.